• El creciente interés de influencers y celebridades por participar en política ha abierto un debate sobre el papel que juegan hoy la visibilidad mediática y las redes sociales en la construcción del liderazgo público.
  • Anna Isabel López Ortega, Directora de la Maestría en Comunicación y Marketing Político de la Universidad Internacional de Valencia - VIU, perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades, analiza qué hay detrás de este fenómeno y cuáles son sus implicaciones para la calidad de la representación democrática.

La presencia de los influenciadores y celebridades en la discusión política actual es cada vez más fuerte. Muchos de estos han estrechado lazos con la presidencia y demás candidatos políticos, que no sorprendería verlos en un futuro ocupando cargos públicos, como ha venido sucediendo en otros países de la región.

Este fenómeno de las redes y la política refleja los cambios profundos en la forma como se construye el capital político de los países, la transformación del ecosistema mediático y el peso que ha adquirido la visibilidad digital en la vida pública, tanto que los políticos tradicionales han tenido que convertirse en creadores de contenido también. Así lo explica Anna Isabel López Ortega, Directora de la Maestría en Comunicación y Marketing Político de la Universidad Internacional de Valencia - VIU, perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades.

«Se trata de un incentivo estructural», detalla. «Las campañas políticas se libran ahora en redes sociales también. El capital político se parece cada vez más al capital de atención. Si tienes millones de seguidores, reduces costes de entrada al sistema. Es una oportunidad estratégica».

La crisis de confianza hacia las instituciones tradicionales también le ha abierto la puerta a perfiles que se presentan como figuras cercanas, ajenas a la lógica partidista o capaces de hablar «sin filtros». Este posicionamiento puede resultar atractivo para sectores del electorado que perciben a la clase política tradicional como distante o desconectada de la ciudadanía.

Sin embargo, el fenómeno también plantea interrogantes sobre los criterios con los que se elige a quienes ocupan responsabilidades públicas. 

La visibilidad mediática o la capacidad de conectar emocionalmente con una audiencia no necesariamente se traducen en habilidades para gestionar estructuras institucionales complejas. Incluso, para estos representantes del mundo digital, un número amplio de seguidores no garantiza una conversión de votos equivalente, y eso fue lo que se vio en los recientes comicios para muchos que no llegaron a una curul.

Uno de los principales riesgos, según advierte la experta de VIU, es confundir la eficacia comunicativa con la capacidad de gobernar. La gestión pública implica negociación política, conocimiento de marcos institucionales, toma de decisiones en contextos de alta complejidad; es un liderazgo que no puede sostenerse bajo una marca personal.

No obstante, que los creadores de contenido se sumen a la política genera oportunidades innegables.

Estos perfiles pueden ampliar la conversación pública y acercar la política a audiencias que no suelen informarse a través de medios tradicionales. 

Muchos jóvenes consumen contenidos principalmente en redes sociales, y el interés de creadores digitales por asuntos públicos puede contribuir a despertar mayor participación o curiosidad por los procesos democráticos.

Además, también se abre la posibilidad de renovar lenguajes y formatos de comunicación para que la complejidad de los debates y los códigos internos de la política se traduzcan de manera más sencilla al ciudadano de a pie, evitando que la discusión se quede aislada en ámbitos demasiado institucionales.

El rol que debe entrar a jugar en este nuevo paradigma de la comunicación política es el de los partidos, que han de plantearse requisitos formales de formación para quienes deseen ocupar cargos públicos. Está bien que los partidos acojan a influencers y celebridades para llegar a nuevas audiencias, pero deben también asumir la responsabilidad de esto, pues si bien todos deberían tener la oportunidad de representar a sus comunidades, deben hacerlo con criterio.

«En democracia, el principio básico es que cualquiera puede ser elegido», explica Anna López Ortega. «Poner barreras formales puede ser problemático. Lo que sí necesitamos son partidos más exigentes en sus procesos internos y votantes más críticos».

En última instancia, el papel decisivo sigue estando en manos del electorado, quien también tiene la responsabilidad de ir más allá del carisma, la popularidad o la cercanía digital, y entrar a evaluar candidaturas analizando sus propuestas, equipos de trabajo y coherencia entre discurso y trayectoria.

El reto consiste en distinguir entre presencia mediática y proyecto político. 

Las redes sociales pueden ser una herramienta poderosa para comunicar ideas, pero gobernar requiere algo más que capacidad de atraer atención. La política, recuerda la docente de VIU, es un sistema institucional complejo en el que las decisiones tienen consecuencias reales para la sociedad.