El costo invisible de la inseguridad: cómo afecta a los negocios y al consumo en las ciudades
Redacción GYE
En Ecuador, la inseguridad ha pasado de ser un asunto de orden público para transformarse en una variable económica que se presenta todos los días. A pesar de que el Ministerio del Interior informó en 2024 sobre 7.033 homicidios intencionales y una tasa de 39,14 por cada 100.000 habitantes (lo que representa un descenso del 14,73% en comparación con el año anterior), la magnitud del problema continúa afectando la forma en que se opera, se compra y se vive en la ciudad (Ministerio del Interior, 2025).
Para las empresas y los consumidores, la percepción de riesgo no se procesa únicamente con datos, sino que también involucra a la psiquis. Las personas, al percibir una amenaza, dan prioridad a la autoprotección, el control y la previsibilidad.
En el ámbito del marketing y de la administración empresarial, eso se traduce en una menor exposición, más planificación y una valoración más alta de los horarios, los canales y los entornos que ofrezcan seguridad.
Ese es, exactamente, el costo oculto de la inseguridad. No necesariamente aparece primero en los balances, pero sí en la experiencia del cliente, en los márgenes y en las decisiones cotidianas.
En 2024, el Banco Central del Ecuador, mediante un módulo especial de inseguridad implementado en la Encuesta de Motivación Empresarial (EMOE) a 1.602 compañías medianas y grandes, detectó que el 29,6% de las empresas había sufrido daños debido a sucesos criminales; mientras que, en los primeros seis meses del 2025, la cifra se redujo al 28,4%. Asimismo, las compañías asignaron el 2,7% de sus ventas a cubrir costos e inversiones en seguridad. A nivel general, la inseguridad disminuyó las ventas en 0,94% en 2024; y en el sector comercio, se calculó que la caída fue de 1,4% (BCE, 2025). En otras palabras: Una parte de los recursos que podrían destinarse a innovación, expansión, empleo o atención al cliente se usa hoy para vigilancia, transporte seguro, adaptaciones físicas y protocolos de contingencia.
El impacto en el consumidor es igualmente profundo. De acuerdo con Kantar, la inseguridad es la principal preocupación de 4 de cada 10 hogares ecuatorianos de estratos socioeconómicos medio y alto, alcanzando el 48% en la zona Litoral. En ese mismo análisis, 58% declara que tiene intención de gastar lo mismo o menos en experiencias fuera del hogar, y 61% de los hogares de clase media en Quito y Guayaquil planeaba reducir gasto en restaurantes, cafeterías, hoteles y viajes (Kantar, 2024). Esto conecta con una idea clave de la psicología del consumo: cuando el entorno se percibe como incierto, el gasto se vuelve más funcional, menos impulsivo y más concentrado en espacios que ofrecen protección, cercanía y confianza.
Los cambios en el canal de compra lo evidencian. Kantar reporta que, frente a un escenario más cauteloso, los hogares ecuatorianos visitan más canales que hace cuatro años, pero la tienda de barrio es recorrida con menor frecuencia: no pierde compradores, pero sí visitas, en parte por respuesta a la inseguridad. A cierre de 2024, la firma también observó que hubo un traslado del gasto de afuera hacia dentro del hogar y que los canales digitales y especializados crecieron más de 40% (Kantar, 2024; Kantar, 2025). A esto se suma un dato muy ilustrativo de dichter & neira: en enero de 2024, las transacciones en tiendas de barrio cayeron 18% frente al promedio de noviembre y diciembre de 2023, mientras el ticket promedio subió 5%; además, la franja de 17h00 a 23h00 perdió peso por los cierres anticipados de los locales (dichter & neira, 2024). La demanda no se extingue: se reorganiza en términos de horarios, canales y categorías que son consideradas como más seguras o necesarias.
Por eso, el desarrollo del comercio digital y de las entregas a domicilio no debe interpretarse solo como una tendencia tecnológica, sino también como una reacción adaptativa. DataReportal reporta que Ecuador comenzó el 2025 con una penetración del 83,7% y 15,2 millones de usuarios de internet. Asimismo, se registraron en el país 18 millones de conexiones móviles y 13,5 millones de identidades activas en redes sociales, lo cual representa el 74% de la población (DataReportal, 2025). Ese ecosistema facilita que más personas comparen, pidan, paguen y resuelvan compras sin exponerse innecesariamente.
Simultáneamente, ciudades como Guayaquil intentan recuperar la confianza a partir de la infraestructura de seguridad. El municipio ha aumentado las Estaciones de Acción Segura con videovigilancia permanente y conectada al C5 de Segura EP. Los habitantes de áreas intervenidas vinculan estas acciones con una posible reactivación del tráfico de visitantes y los negocios en el sector (Municipio de Guayaquil, 2025).
La falta de seguridad no solo hace que operar sea más caro; además, empobrece la economía de la ciudad. Su costo oculto se encuentra en las visitas que no se realizan, en el local que cierra temprano, en el consumo nocturno que se retrasa, en la inversión que se aplaza y en la confianza que disminuye. Para las compañías, esto significa que la seguridad ha dejado de ser un tema secundario: ahora es parte de la propuesta de valor, de la vivencia del consumidor y de la capacidad competitiva. Para las ciudades, la enseñanza es igualmente evidente: cuando se recupera la percepción de seguridad, no solo disminuye el riesgo; también se renueva el espacio público, regresa el consumo y surgen circunstancias más favorables para hacer negocios.
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